
En un humilde pesebre
de la aldea de Belén,
nació el Mesías prometido
para nuestro sumo bien.
Su madre en blancos pañales
tiernamente le envolvió,
y en sus brazos maternales
con amor le calentó.
En el mesón no hubo sitio
para que naciera el Rey,
y así humildemente vino
en un pesebre a nacer.
Los ángeles lo anunciaron
a los humildes pastores,
que dejando sus ganados
van a ofrecer sus dones.
También los reyes de oriente
vienen prestos a ofrecer,
sus tesoros reverentes;
postrándose ante sus pies.
Y en esta noche bendita
de recuerdo sin igual,
nuestro corazón palpita
su venida al recordar.
Y con gozo y alegría
al Niñito de Belén,
nuestro amor y nuestra vida,
traemos ante Sus pies.


Callaba la noche...
el campo dormía...
y en la cuadra humilde
su madre María,
pasmada de amor,
lloraba y decía:
¡Es Hijo de Dios!
Este Hijito tierno,
dormido en la paja,
es el Dios Eterno
que a la tierra baja...
También nuestras almas,
pasmadas de amor,
le adoran y hoy cantan
¡Es Hijo de Dios!


